Confinement: the new spaces of Power

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“La infelicidad del hombre se basa sólo en una cosa: que es incapaz de quedarse quieto en su habitación”. Blaise Pascal, Pensées, 1670.

Según la etimología, el confinamiento se refiere al latín confinis que designa un límite o una frontera común. En un momento en que miles de millones de personas responden al requerimiento del «quedarse en casa» debido a una crisis sanitaria de la mayor importancia, implicando para algunos de ellos el desplazamiento de su lugar de trabajo a la casa, los límites que permiten distinguir el espacio privado del espacio público deben ser repensado. Parece efectivamente importante volver a definir esta frontera, y principalmente en las relaciones que mantiene con el Poder. La porosidad de nuestras paredes debilita la separación entre espacio privado y público, entre lo oculto y lo visible; los actuales debates sobre la trazabilidad a través de los móviles plantean efectivamente la duda sobre un poder omnisciente y el control de la sociedad. ¿Cuáles son las consecuencias a un nivel moral y ético de las decisiones políticas actuales?

La confusión de los espacios privados y públicos

Esta crisis pandémica sin precedentes promete marcar de manera duradera las mentes, sin duda, pero también los comportamientos. Mientras que las paredes de nuestros hogares siempre han representado una barrera entre los lugares del hogar personal más propensos a una cierta forma de libertad y los lugares públicos bajo el control del Estado, o si preferimos, entre los espacios discretos y ocultos de la vida privada, por un lado, y los de la visibilidad del campo público, por otro, la situación de confinamiento transforma este orden haciendo del hogar nuestro el área de encierro, y por muchos medios, también lo del control de los comportamientos sociales.

Este análisis de los espacios recuerda al que desarrollaba en su época el filósofo Michel Foucault, a través del concepto de heterotopía. Esta última se opone a la utopía (en griego, topos significa “lugar”, u-topos, “sin lugar”) y trata con estos “otros” (hetero) “lugares” (topos), definición que él desarrolló en una conferencia de 1967 titulada “Otros espacios“. Las heterotopías son lugares que la sociedad mantiene y que obedecen a “otras reglas”. Entre estos lugares, se encuentran los que Foucault denomina «las heterotopías de la desviación», es decir, los lugares donde se pone a «individuos cuyo comportamiento es desviado con respecto a la media o a la norma exigida». Podemos mencionar algunos ejemplos que son las residencias de ancianos, los hospitales psiquiátricos y las cárceles. Son lugares bajo control de un cierto poder, ya sea el poder de la medicina o el poder carcelario. Estos lugares, bajo la vigilancia del poder, también son lugares de encierro y se oponen en este sentido a otros lugares, libres, que pueden ser espacios públicos pero también, espacios privados que, sin ser visibles por todos, no son necesariamente lugares de privación de libertad. La situación de confinamiento es particular en el sentido que hace que, nuestra casa, espacio personal y privado, sea el lugar de encierro requisado por el Estado. Esta situación no es completamente nueva, ya que, como lo muestra Foucault en su obra Vigilar y Castigar, se tomaron medidas similares en caso de peste, tal como lo atestiguan los Archivos militares de Vincennes que datan del siglo XVII, cuya normativa detalla: «En el día designado, a todos se les ordena encerrarse en su casa: prohibido salir bajo pena de vida. El síndico mismo viene a cerrar la puerta de cada casa desde afuera; coge la llave y la da al intendente del barrio; él la guarda hasta el final de la cuarentena». Mientras las poblaciones miran hacia el virus Covid-19, y cada uno sigue diariamente las estadísticas de mortalidad y contagio, el Estado, mientras tanto, elimina nuestra libertad de movilidad y confisca nuestros espacios privados encerrándonos en ellos. Se podría replicar que la privación de libertad no es comparable a la de otros lugares de reclusión en la medida en que la vigilancia se detiene en el umbral de la puerta. Pero, ¿estamos realmente seguros de eso?

La situación de confinamiento tiene numerosas consecuencias tanto sobre los comportamientos como el control social. El teletrabajo impuesto por el Estado supone una nueva repartición de los espacios, haciendo de nuestra casa un espacio de confusión, incluso de fusión de la esfera privada y pública. De echo, a través de la videoconferencia, estamos obligados a revelar nuestro entorno privado, una habitación de nuestra casa, un salón, un dormitorio o cualquier otro lugar de nuestros hábitats, exponiendo así a la vista de los demás un universo propio. Este ambiente privado e íntimo incluye en particular otras contingencias de la vida cotidiana que pueden surgir con la presencia de los otros miembros que ocupan la casa. Por ejemplo: un niño que llora, un compañero que cruza la habitación con un café en la mano, el timbre de un teléfono, etc… Por lo tanto, el trabajador se presenta como un padre, una persona soltera o alguna otra persona que expone su identidad personal. Esta nueva arquitectura de los espacios crea una confusión tal que no es raro ver a un trabajador con un albornoz durante una reunión en videoconferencia.

El Panóptico y nuestros móviles

Mientras que las epidemias de peste imponían a los habitantes presentarse en sus ventanas para que los síndicos pudieran terner prueba de la presencia de cada uno en su domicilio, la situación de epidemia actual pasa de la función de estos síndicos gracias a las nuevas tecnologías y a las numerosas cámaras que nos rodean. Foucault demostraba cómo la arquitectura carcelaria inspiró las construcciones modernas y dio origen a «la sociedad de vigilancia». El Panóptico imaginado por Jeremy Bentham, cuyo principio arquitectónico, recordemos, es una torre perforada con grandes ventanas que dan a ver todas las celdas que están en su periferia, y permite que un solo supervisor controle con un movimiento circular a los ocupantes de las celdas La extensión de esta arquitectura a las fábricas y a las oficinas le da al jefe la posibilidad de observar a sus empleados a través de paredes de vidrio. En adelante, ya no es más necesario imaginar edificios con espacios abiertos; la revolución tecnológica, la proliferación de pantallas equipadas con cámaras han sustituido a la máquina panóptica. En Polonia, por ejemplo, el gobierno exige que las personas en cuarentena envíen selfies para demostrar que están en casa.

El Panoptico imaginado por Jeremy Bentham

En un artículo titulado “La ermergencia viral y el mundo de mañana”, publicado en el diario El País, el filósofo coreano Byung-Chul Han muestra cómo en Asia la lucha contra el Covid-19 pasa por el control digital de los individuos, se esta utilizando medios tecnológicos sin ninguna política de privacidad (privacy) de los datos personales. Hay que reconocer que en Taiwán, Hong Kong o Singapur, el número de contagiados por el coronavirus es mucho más bajo que en Europa. Las cámaras de vigilancia y la geolocalización no encuentran resistencia dentro de la población, ya que «la salud representa un valor más alto», pero también porque la población está culturalmente acostumbrada a la falta de protección de los datos privados. ¿Deberíamos, por lo tanto, estar satisfechos con las cifras y acordar dar un paso más para aceptar la supresión de nuestras libertades? Algunos países, como Francia e Italia, están estudiando la posibilidad de una aplicación de “rastreo” para los móviles que permita identificar a las personas que han estado en contacto con una persona enferma para aislarlos y detener la epidemia. La «biopolítica digital», para usar las palabras de Byung-Chul Han, convierte nuestras vidas y cuerpos en propiedad del Estado. Sin embargo, lo más sorprendente sigue siendo la aprobación de la población frente al confinamiento con la supresión de las libertades fundamentales y la tendencia general a juzgar positivamente el “rastreo” del virus y, por lo tanto, de las personas que lo llevan, a pesar de algunas controversias: «nos sometemos sin vacilar al estado de alerta, aceptamos sin protestar contra la restricción de nuestros derechos fundamentales».

A esta docilidad se añade la participación de los propios individuos que, desde su domicilio, se graban y comparten masivamente en las redes sociales vídeos o fotos de su vida cotidiana, y reducen cada vez más la línea de separación entre esfera pública y esfera privada.En consecuencia, la sociedad de vigilancia, tal como fue conceptualizada por Foucault, se convierte hoy en día en una sociedad de “mostrancia”, en otras palabras, una sociedad que ya no solo se deja ver por “el ojo del Poder” sino que da material a su observador, proponiéndole ver lo que, en principio, debería estar oculto, al menos que debería estar reservado para lo íntimo y la discreción de la vida privada.

N. Harou – Romaine, Proyecto penitenciario, un preso en su celda, reza

El poder de los expertos

Esta «servidumbre voluntaria» para recordar las palabras de Étienne de la Boétie frente a las instrucciones no deja de ser sorprendente. Sin duda es legítimo pensar que, frente al peligro, nos rendimos a nuestros representantes. Sin embargo, los propios gobiernos parecen perder cierta autonomía en las decisiones que deben tomarse en la medida en que también dependen de la opinión de los comités científicos; son lo que los jefes de Gobierno y Estado llaman “los expertos”. Nuestros representantes hablan, en efecto, bajo la influencia de comités científicos, de expertos que publican sus resultados de análisis e indican la dirección a seguir. Osea son tipos de “consejeros del príncipe”. En tiempos de crisis, nos remitimos a quienes «saben». El vínculo entre saber y poder importante en la filosofía de Foucault está aquí perfectamente ilustrado. El saber sujeto, somete. De este modo, el poder de muchos Estados se debilita y da lugar a la “expertocracia”. Además, cabe señalar que estos mismos expertos no siempre están de acuerdo por unanimidad en las medidas que se debe tomar, lo que debería hacer aún más sospechosas las decisiones radicales relacionadas con el confinamiento e, incluso, las diversas propuestas sobre “rastreo digital” del virus. Tomemos como ejemplo el mantenimiento en Francia de la primera vuelta de las elecciones municipales, «he consultado a nuestros expertos», dijo el presidente Emmanuel Macron, un día antes del confinamiento total. En España, el jefe de gobierno Pedro Sánchez, tras consultar a los expertos, decidió el confinamiento más radical de Europa, prohibiendo todas las salidas (tampoco para que los niños tomen aire fresco), con la excepción de las salidas que se consideren necesarias para nuestro subsistencia. Aún así, nadie protesta. Porque el miedo al virus y su mortalidad está en la mente de todos.

Ahora bien, como no podemos hacer la experiencia sensible, directa, del virus, aceptamos sin dificultad recurrir a quienes tienen conocimiento de este ser invisible, que pronuncian un discurso académico sobre lo que ignoramos. Invisible o casi invisible. El bombardeo diario de todas las televisiones de los hospitales saturados, las crecientes cifras de contagiados, los eslóganes que presionan para respetar el confinamiento, e incluso imágenes de ataúdes, ofrecen una cara a este enemigo invisible. Así, el miedo nos despoja de nosotros mismos, de nuestros cuerpos y de nuestras vidas privadas. ¿Hasta dónde habrá que aceptar esta pérdida de nosotros mismos y de nuestras libertades constitucionales en el nombre de la vida cueste lo que cueste?

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